¡Madres coraje!

En la Naturaleza no hay nada que una madre no esté dispuesta a hacer por sus hijos. Sin importar si son especies grandes o pequeñas, dotadas o no de “armas”, las hembras de la Naturaleza se enfrentan cada día a incontables dificultades para ofrecer, todo lo que dependa de ellas, para que sus familias salgan adelante. Para lograr este colosal propósito hay todo tipo de estrategias: algunas cargan durante semanas o meses con sus crías y durante varias semanas o meses más les educarán pacientemente en todas las habilidades necesarias para su supervivencia; otras llevan su carga durante menos días, pero luego dedicarán semanas o meses enteros para asegurarse que serán capaces de aprender todo lo necesario para la vida independiente; y otras, menos entregadas a la exigente maternidad, se limitan, ¡que no es poco!, a buscar un lugar seguro para enterrar sus huevos o para parir a sus crías vivas, y luego, que cada una se busque la vida como la Naturaleza buenamente haya decidido.

Las ánades reales o azulonas, valientes madres solteras, pertenecen al segundo grupo. Siendo aves perfectamente adaptadas y condicionadas a una vida acuática, son conscientes de que reproducirse en una charca o ribera puede conllevar poner una diana sobre sus crías. De este modo, y buscando un lugar con menos vecinos peligrosos, eligen otros espacios supuestamente más seguros: campos de cereal, zarzales y, como muchos han comprobado, piscinas, fuentes urbanas y hasta garajes. Allí donde pueda haber refugio, allí acudirán estas madres para incubar sus 10 o 12 huevos. Pero, y si allí no hay comida ¿con qué alimentará a su numerosa familia? ¡Sencillo y arriesgado!: una vez que eclosionen, y con apenas unas horas de vida, toda la familia unida emprenderá una azarosa travesía hasta donde pueda haber sustento y cobijo. Será entonces cuando podamos sorprendernos con una “fila” de minúsculos patitos cruzando carreteras, campos abiertos y hasta calles de nuestras ciudades.

Azulona con patitos
Fotografía de Eduardo Carrasco

Para fortuna de las aves nidífugas, sus polluelos son capaces desde el primer día de caminar y alimentarse por su cuenta. Sus dedicadas madres “simplemente” deben asegurarse de encontrar un escondite seguro para los días de incubación y, luego, conducirlos hasta un humedal donde puedan alimentarse. Una vez allí, les enseñarán qué se puede comer, a qué compañeros de charca deberán evitar y cómo y dónde deberán esconderse cuando una sombra furtiva cruce el cielo. Por suerte, nuevamente, la Naturaleza ha previsto todo y ha dotado a los, supuestamente indefensos patitos, de la información innata absolutamente indispensable para sobrevivir incluso si se quedarán huérfanos o se separaran del grupo. Para muchos animales, la escuela ya viene de serie. ¡Puro asombro!

La próxima vez que te encuentres con unos patitos en tu piscina, procura darles cuantos días puedas para que puedan fortalecerse y aprender junto a sus madres. Cuando necesites vaciar la piscina, procura capturar juntos a todos los pollitos y llevarlos hasta un lugar seguro donde la madre pueda seguirte. Y si la familia corre peligro por la presencia de gatos, perros sueltos o humanos poco sensibles, captura a los polluelos y llévalos todos juntos hasta un río o laguna cercana que disponga de vegetación donde esconderse y alimentarse y cerciórate que no haya perros o gatos que puedan depredarlos. Es un pequeño esfuerzo que todas las madres se merecen.