El exquisito regalo diario de los polinizadores.

En la naturaleza todo y todos somos tan absolutamente indispensables que sería muy difícil poder afirmar cuál es la planta o animal que tiene más trascendencia en la salud y en el buen funcionamiento de esta maquinaría inmensa y asombrosa que es la Vida.

Indudablemente, deberíamos hablar de las plantas, con su impagable labor en la producción vegetal a través del proceso mágico de la fotosíntesis.

También deberíamos hablar del papel crucial de los descomponedores, que transforman la materia orgánica e inorgánica en nutrientes para el conjunto del sistema.

O ¿Cómo no recordar a los indispensables y minúsculos seres, invertebrados, hongos y bacterias, que pacientemente rompen hasta la más dura de las rocas para crear y enriquecer los suelos sobre los que se asienta todo este sistema?

Y si hablamos de animales ¿Qué animales pueden ser más trascendentales y, tristemente, generar mayor rechazo que los modestos y fascinantes insectos? Y, sin embargo, a muy pocos seres vivos debemos tanto. De todos ellos, sin duda, son los polinizadores a los que se pueda considerar como uno de los pilares más firmes sobre los que se asienta este complejo engranaje que es la Vida.

Mucho más allá de las famosas abejas de la miel, existe una incalculable miríada de abejas silvestres, abejorros, avispas, moscas, mariposas y escarabajos que pululan por doquier en busca del dulce y nutritivo néctar y polen de las flores. Con su incansable trasiego diario entre flores, que pueden estar separadas por varios kilómetros de distancia, son los más efectivos de los acarreadores del polen que las fertilizará y que, mágicamente, se materializará en incontables y deliciosos frutos y semillas que, finalmente, serán las futuras plantas que volverán a dar origen a todo lo que llamamos Naturaleza.

Así que mejor no lo olvidemos. Cada vez que veamos volar una abeja, una mosca o una polilla, recordemos que les debemos buena parte de la comida, oxigeno, medicamentos o tejidos que necesitamos cada día de nuestra vida.

En la Naturaleza nada es superfluo ni tan pequeño como no ser indispensable para su correcto funcionamiento.

Sólo parece una caja, pero lo es todo.

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Sólo parece una caja, pero lo es todo. Fotografía: Aquila Naturaleza.

En la mayoría de las ocasiones, las cosas realmente importantes vienen en formato pequeño. En esta ocasión, esta afirmación no podría ser más acertada. Si pensáramos cuál podría ser el ser vivo más importante en el funcionamiento del complejo engranaje de este ecosistema fantástico que constituye la Sierra de Las Quilamas, quizá, nos acordaríamos de su colonia de buitres negros (la más importante de la provincia de Salamanca) con su impagable labor de sanitarios; o quizá de su pareja de águila real, de sus alimoches o de sus cigüeñas negras; tal vez pensaríamos en la presencia fantasma de un último lince que haya podido sobrevivir a las enfermedades del conejo y a las escopetas que no respetan nada.

Sin restar valor a todos estos tesoros, podemos afirmar que, muy probablemente, la pieza más trascendental e insustituible de este paraíso es su rica y compleja comunidad de insectos polinizadores. De entre todos estos minúsculos aliados de la naturaleza y del propio ser humano, sin duda, hay que destacar el milagro del trabajo paciente de las abejas. Mimadas desde hace siglos en todos los pueblos del sur de Salamanca, ellas son las responsables principales de la polinización que está en la base de la vida de toda su comunidad vegetal. Como auténticos alquimistas, ellas son las encargadas del delicado transporte del preciado polen de una flor a otra. Partiendo desde estas cajas, que no son otra cosa que las colmenas fabricadas por sucesivas generaciones de apicultores serranos, las abejas emprenden la busca de su preciado alimento: el néctar y el polen de las incontables plantas de estas montañas a mitad de camino entre el mundo mediterráneo y el atlántico. De este sutil e inapreciable trasiego surge el amplio abanico de formaciones vegetales aquí presentes: frescas selvas de robles, castaños y acebos en la cara norte de la sierra; ásperos, pero acogedores encinares y alcornocales en las profundidades de sus valles más cálidos; laderas perfumadas por la dulce fragancia de los millones de flores de los brezos y jaras; altos y fértiles pastizales azotados por el viento y regados por las borrascas que trepan por el valle del río Alagón; tupidas riberas de alisos y sauces acompañando el curso de sus arroyos cristalinos; etc. Todo debe gran parte de su vida y esplendor a la labor incansable de estos olvidados insectos.

Y aprovechando, hasta el más insignificante de estos recursos vegetales, la vida animal que llena de movimiento y alegría cada uno de sus rincones: las parejas solitarias de buitres negros que asientan sus inmensos nidos sobre las copas de las viejas encinas; azores acechando desde las ramas vigilantes de un recóndito roble; lirones durmiendo el largo sueño invernal en lo más profundo de un viejo y podrido tronco; zorzales llegados desde toda Europa para alimentarse de los frutos del armado espino y del retorcido olivo; y, quien sabe, si el último y acorralado lince aguardando aún su oportunidad en los mas recóndito y escondido de estas espesuras.