La formación vegetal más despreciada: 10 argumentos para considerar al matorral como un tesoro.

En la Naturaleza todo es importante. Desde el más colosal de los árboles y hasta el más modesto de los líquenes, todos los habitantes de nuestros campos cumplen un papel absolutamente indispensable en la conservación de los ecosistemas. Con la pérdida de cualquiera de ellos, la red de la vida pierde un eslabón con insospechadas conexiones con el resto de los protagonistas de los paisajes.

De todas las formaciones vegetales, sin duda alguna, la más vilipendiada e infravalorada es el matorral. En demasiadas ocasiones, considerados irreflexivamente como “malas hierbas”, maleza o directamente suciedad, los arbustos y los árboles de escaso porte son una de las columnas vertebrales que sostienen y enriquecen la asombrosa biodiversidad del planeta.

¿Por qué son tan extraordinariamente importantes los matorrales en la salud y conservación de nuestros ecosistemas? Os daremos 10 argumentos que consideramos de extremo valor para cuidar y admirar a esta generosa y maltratada formación vegetal:

Cedro
La vegetación crea su propia lluvia (foto Aquila Naturaleza).
  1. En plena sequía los matorrales son las mejores “redes de lluvia”. En este 2017 de sequía de record, el matorral de las montañas nos regala una buena parte de las aguas que los suelos están guardando como un tesoro para nutrir a nuestros ríos. La intrincada maraña de hojas y ramas se comporta como núcleos de condensación que permiten atrapar las minúsculas y dispersas gotas de vapor de agua que de otro modo no llegarían a precipitar. Como si se tratara de la mágica labor de un alquimista, las gotas recién formadas sobre el follaje escurren hasta alcanzar el suelo como una autentica y delicada lluvia. Al mismo tiempo, el suelo mullido y cohesionado con la red de sus raíces y el colchón orgánico de hojas y ramas caídas año tras año, almacena esta lluvia de gotas para irlas liberando, con paciencia y extremo cuidado, hasta alimentar los manantiales y pequeños arroyos de cabecera de nuestros ríos. Así de simple y rotundo: arrancar o quemar el matorral supone disponer de menos agua en nuestros ríos, cultivos y hogares.

2. El matorral es el hogar protector del futuro bosque. La espesura del matorral crea las condiciones idóneas de humedad, sombra y aporte de nutrientes al suelo que innumerables especies de árboles requieren, muy especialmente, en sus primeras fases de desarrollo. En un clima seco y cálido como el de la mayor parte de Iberia y todo el sur de Europa, los arbustos se comportan como autenticas nodrizas de la mayoría de los árboles. Particularmente trascendental es su labor con las especies más sensibles al calor, la sequía y la insolación directa. En las sierras de Salamanca, tejos y acebos necesitan el cobijo de brezos, piornos y retamas para no ser, literalmente, abrasados por los rayos del sol. Sin la copa protectora de esta maraña, hace tiempo que habríamos perdido a estas dos joyas botánicas amantes de los climas más frescos y húmedos.

3. El más confortable de los refugios invernales: erizos, lagartijas y lagartos, culebras, eslizones, incontables insectos, corzos, ciervos, jabalíes, zorros, liebres, lobos…y ¡suelos!, necesitan del cálido abrigo del matorral. Su techumbre ofrece el más seguro y cálido refugio invernal frente al azote del viento, los hielos, nieves y las miradas. El suave y oculto microclima creado dentro del laberinto de sus cepas retorcidas, hojas y ramas, proporciona a animales y plantas la protección que requieren para superar la dura prueba de los largos meses de frío y escasez. Todos deben al abrigo del matorral una buena parte de sus posibilidades de superar con éxito el invierno.

Zorro.
Los brezales y jarales convierten en invisibles a los más perseguidos de nuestros tesoros naturales. Fotografía de Carlos Romo.

4. El último hogar de los más odiados. En muchas de nuestras sierras el bosque ha desaparecido a causa de incendios reiterados, pastoreo, etc. Con su pérdida, muchos de nuestros grandes tesoros naturales, como el lince o el lobo, encuentran en el matorral un último hogar seguro para sus familias. Esta labor “invisibilizadora” es de crucial trascendencia durante las aciagas jornadas de la temporada cinegética.

5. El alimento para el hambre que ha de venir. Al final del verano los campos se llenan con una cantidad incalculable de exquisitos frutos que serán la garantía para el invierno que inexorablemente llegará. Los dulces y energéticos frutos que incontables arbustos producen por millones, alimentarán a innumerables aves, mamíferos e insectos y les permitirán atesorar las despensas (internas y/o externas) con las que se jugarán buena parte de sus posibilidades de superar los largos días de escasez que se avecinan hasta el retorno de la primavera. A cambio, todos estos consumidores dispersarán millones y millones de semillas por los campos, librando a los padres vegetales de la competencia de sus propios hijos y garantizando un intercambio de genes que es el responsable del extraordinario patrimonio genético que hizo posible nuestra agricultura.

Eduardo carrasco
Fotografía de Eduardo Carrasco.

6. El primer alimento del año para los insectos: la temprana floración de muchas especies arbustivas supone el primer alimento del año para los insectos que se alimentan del néctar y del polen. Sin sus flores, muchos de estos insectos morirían de pura hambre y no podrían cumplir con su labor insustituible como polinizadores de las especies silvestres y de nuestros propios cultivos. Un incendio que busca “limpiar el monte” puede destruir gran parte del alimento de las abejas que polinizan las huertas de todo un pueblo.

7. El “criadero” más seguro para las aves. La coraza de espinas de los zarzales y espinos es la más inaccesible de las ubicaciones para que muchas aves emplacen sus nidos y saquen adelante a sus preciadas familias. Igualmente, la propia sombra del dosel arbustivo, esconde el movimiento secreto de las aves en sus idas y venidas y proporciona la guardería más oculta para los jóvenes en sus tambaleantes primeros días de aprendizaje.

RIo Arlanzón
Río Arlanzón en Burgos. Foto de Aquila Naturaleza.

8. Contribuyen a conservar el agua de las corrientes. Como ya hemos mencionado, la vegetación crea lluvia. Pero no sólo esto. Igualmente importante resulta su labor como conservadora del agua del suelo y de la superficie. La citada cohesión del suelo que propicia con su telaraña de raíces y su aporte constante de materia orgánica, frena la escorrentía del agua y facilita una mayor infiltración en el suelo, almacenándose para irse liberando paulatinamente y recargando acuíferos que pueden alimentar ríos que se encuentran a cientos de kilómetros de distancia. También debemos destacar cómo la sombra de la vegetación protege al suelo y a las corrientes de la insolación directa y limita la evaporación de la preciada agua.

Rio tormes
Río Tormes. Foto de Aquila Naturaleza.

9. Protección frente a la erosión. La vegetación que crece a lo largo de las orillas de las corrientes se comporta como un parapeto que frena el ímpetu de las aguas durante sus necesarias crecidas periódicas. Sin este colchón verde la subida de las aguas generaría mayores daños a las infraestructuras y edificios que imprudentemente hemos levantado en las riberas y llanuras de inundación.

Abeja
Fotografía de Eduardo Carrasco.

10. La belleza indudable del matorral. Sin más: los matorrales son parte inseparable de la belleza de la Naturaleza.

Si te apetece descubrir éste y otros muchos tesoros de la vida en la Naturaleza, ponte en contacto con nosotros y te organizaremos un Paseo de Descubrimiento de Naturaleza especialmente pensado para ti.

635158497 y 654438367 (también por WhatsApp).

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Nos vemos en el campo.

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