El Tejo, el árbol entre la vida y la muerte de la Sierra de Francia (Salamanca).

Relatos de la naturaleza

En la provincia de Salamanca aún tenemos la fortuna de contar con un buen puñado de formaciones vegetales absolutamente excepcionales: la selva umbrosa de La Honfría, en la Sierra de las Quilamas: las relictas carballedas (Quercus robur) de Cepeda y San Martin del Castañar; los monumentales alcornocales (Quercus suber) de Valdelosa, Espeja, El Cabaco a Miranda del Castañar; los infinitos y frescos rebollares (Quercus pyrenaica) del suroeste: los últimos enebrales de los Arribes del Duero: el bosque incomparable y mágico de Las Batuecas, etc. De todos ellos, hoy queremos recordar uno de los más singulares: los tejos de la Sierra de Francia.

Anciano, pero soberbios, retorcidos por los siglos, pero sobrados de energía, tóxicos (salvo el arilo rojo de sus frutos), pero casi inmortales, acorralados y supervivientes de orogenias Y glaciaciones, por más de un millar de tejos (Taxus baccata) siguen aferrándose a la vida en los bellos y exigentes valles del Agadón y de Las Batuecas. La mayoría de ellos ha encontrado un último refugio en los descarnados canchales que cubren sus laderas. Colgados de auténticas paredes verticales, y bombardeados por una lluvia mortal de enormes rocas caídas desde las altas crestas cuarcíticas, han sabido penetrar sus poderosas raíces a través de metros de durísimo pedregal hasta encontrar el suelo donde crece.  Estos mismos canchales, tan aparentemente inhóspitos, han ayudado a nuestros tejos a escapar de los incendios (incapaces de saltar  sobre los pedregales desnudos) y del inmisericorde hacha humana, que desde hace siglos ha tenido en alta estima la dureza y belleza de su incorruptible madera  Nada parece poder frenar a este árbol entre divino y lo mortal.

Tristemente, el tejo, árbol amante de la humedad y del frío, tiene que afrontar un reto nuevo: el muy presente cambio climático. La creciente sequía, la irregularidad extrema de las lluvias y las bochornosas temperaturas suponen un nuevo y devastador reto para nuestros últimos tejos.

Ojalá que queramos dar un cambio radical a nuestra forma de vida y permitamos que éste, y otros muchos tesoros, sigan dando vida y esplendor a nuestro mundo.